RUMBO A PASCUA

EL VITO NAVEGA DE GALÁPAGOS A PASCUA

Todavía estoy en Galápagos. La coincidencia de mi estadía con la Regata Salinas- Galápagos, fue afortunada. Mimetizado entre los barcos que tenían libre acceso a las Islas, pude visitar varias de ellas. Demasiado rápidamente, para mi gusto, pero verlas al fin. San Cristóbal, Isabela, el León Dormido, Bárrington, Santa Cruz. Una geografía volcánica, cubierta de vegetación espinosa, agresiva. Focas conviviendo con tortugas, extraños pájaros parecidos a pinguinos, pero con patas y picos azules... iguanas marinas... El Mundo Perdido, pero real.

El problema es que para visitar Galápagos en velero, hay que pagar, y duramente. 100.000 sucres, equivalentes a 70 dólares para entra r,otros 100.000 para salir, impuestos de faros y balizas, uso de frecuencia radial (aunque no tengo radio), skiper matriculado en la zona para llevar el barco, guías, también oficiales, para bajar a tierra... Una lista interminable e inalcanzable, para un vagabundo del mar como yo.

En el penúltimo fondeadero, la Bahía de las Focas de la Isla Barrington, me deleito, aprovechando el solcito mañanero, viendo pelear a las focas macho. De pronto, escucho gritos de pato: "¡Eh, VITO! ¡Enrique! ¿Cómo estás?" Me pregunto: "¿Será una rara evolución de las que estudió Darwin?" No. Es el Pato Salas, amigo marplatense, haciendo de skiper de regata del CARAVANSARY, un Frers de 44 pies de bandera ecuatoriana.

Compartimos unos amargos en el cockpit del VITO y decidimos seguir viaje hacia Puerto Ayora, en la Isla Santa Cruz, distante unas 20 millas.

Levo anclas yo primero y al rato lo hace el CARAVANSARY. Vamos con buen viento de través, mar planchado y toda la vela. Les llevo la delantera por una milla. Me apreto el gorro para que el 44 no me despeine al pasarme... pero no viene.

Un par de millas después vuelvo a mirar: seguimos en la misma posición ¡INCREÍBLE! Veo parte de la tripulación rodeando el palo. ¿Se les habrá trabado la mayor? ¿Por qué no izan?

Seguimos igual y yo pienso: "¡Ja, como anda mi barco!"

Conclusión: el VITO llegó media hora antes a la rada de Puerto Ayora. Tuve tiempo de fondear, ordenar el barco y recién después llegó mi contrincante.

Cuando traté de "cargarlos", a los gritos, noté caras adustas. "El horno no está para bollos". Prudentemente callé. Había habido un conato de motín a bordo. El skiper ecuatoriano no quiso izar las velas. Los trajo a motor y encima, tuvo que corregir el rumbo para no chocarse la costa. Cuando los ánimos se calman certifico mi triunfo. En la Regata Barrington - Ayora, primero el VITO en el agua. Por tiempo corregido... ni hablemos...

Llega el momento de hacer el trámite de zarpe. Me quieren cobrar todo lo que hice... y lo que no hice... Miento descaradamente. Les digo que sólo he hecho una escala técnica de 72 horas, para reponer víveres y agua. Que además no tengo plata. En esto no miento. Después de algunos regateos y de una amansadora de medio día, me dejan partir. Rápidamente me despido de mis amigos, cobro el fondeo y ¡CHAU GALÁPAGOS! antes de que se arrepientan...

Con las últimas luces del día veo el contorno agreste de las islas. Debo ir atento a los innumerables islotes y rocas diseminados por la zona. Pongo rumbo Sudoeste. A estribor parpadean las luces lejanas de Villamil, la capital de la enorme Isabela. Más a proa y entre brumas, la silueta de la deshabitada Fernandina. Será la última imagen que tendré de tierra por largos días.

Estoy un poco inquieto. Por fin han llegado las grandes singladuras del Pacífico. Tengo adelante 2200 millas de cielo, agua y absoluta soledad hasta la Isla de Pascua... ¿la encontraré? ¿ me alcanzará el agua?... ¿y la comida? ¿y el gas? ¿ y...? Repaso mentalmente una y otra vez las previsiones hechas y voy respondiendo a los interrogantes. Creo tener todo en orden, pero... debo confesarlo: "no las tengo todas conmigo"...

Desde hacía tiempo venía alucinando con las largas travesías del Pacífico y ahora lo tenía allí, con toda su inmensidad.

Recuerdo que en el Caribe, en una de esas ruedas de navegantes de distintas nacionalidades, alrededor de unas cuantas cervezas, hice una "chanza canchera criolla" y dije: "Yo en realidad navego porque el viento es gratis y porque existe el G.P.S.". En medio de las risas de los demás, un francés, Jean, me mira seriamente y me dice: "Entonces debeguias teneg pog lo menos dos G.P.S."... Tragué saliva, grabé el mensaje y en cuanto pude... compré el segundo G.P.S.

Navegando por el Atlántico se tiene la tranquilidad de saber que yendo hacia el Este, de una forma u otra uno se topa con el continente americano. En el Pacífico la cosa se plantea a la inversa. La Corriente de Humboldt, que sube desde el Polo Sur, siguiendo el contorno de América del Sur y los vientos alisios del Sudeste, que siguen la misma ruta, impiden navegar a vela por la costa, de Norte a Sur, y menos aún, llegar desde alta mar a cualquiera de sus puertos. La única ruta posible es la que describe una curva hacia el centro del Pacífico Sud Oriental. Primero uno es llevado por el viento del Sudeste, que se presenta a un descuartelar y a medida que se avanza va rotando al Este, franqueándose a un través hasta más o menos la latitud 35º o 40º, dónde aparecen los vientos del Oeste con los que se puede arribar a tierra firme.

A sotavento están las incontables islas de la Polinesia, distantes entre si centenares de millas. De tener problemas con los instrumentos de navegación, ¿cómo navegar por estima en esa inmensidad? Quizá no debería haber dejado guardado en su caja, en casa, el sextante y las tablas, pero me ganó la fiaca y el "vamos para allá"... Si llegara a desarbolar, ¿cómo hacer tierra en esos archipiélagos tán lejanos y con islas rodeadas de barreras de coral? Podría pasar meses sin pegarle a nada.

Estos pensamientos me perturban y me angustian. Trato de sobreponerme y pensar en positivo. Por otra parte se que , generalmente, esta tensión dura sólo los primeros días. A medida que pasa el tiempo se retoma la rutina de a bordo, uno se mimetiza con la naturaleza, el alma se aquieta, la paz llega...

Navego con toda la vela, pero por momentos debo tomar un rizo para disminuir la escora. Me planteo llevar las escotas abiertas...¿cómo bancarse 2200 millas, de jeta y escorado 30º? Haremos lo que podamos...

La primera noche trato de acomodar mi ritmo de sueño. Poner en hora el reloj interno, en los consabidos 30 minutos de sueño, un instánte para el vistazo circular y ¡a dormir otros 30 minutos!

Descubro a lo lejos las luces de un mercante con rumbo Noroeste. Me imagino que habrá salido del Callao o de Guayaquil y va para Oriente. Será el primero y último que vea hasta dos meses después, casi llegando a la costa chilena.

Esta zona del Pacífico es abruptamente solitaria. Mi relojito interno lo sabe y se descontrola. En las noches subsiguientes, no lograré nunca dormir menos de una hora.

Por la mañana tiro el señuelo, que siempre arrastro en las singladuras largas. Como se acabaron los que compré, he fabricado, con un poco de paciencia,una tijera y un pedazo de manguera color naranja, una cosa parecida a un calamar. ¡Exito total!: pesco más con este que con los comprados. Desde Panamá he anotado en mi haber varios atunes y dorados.

Ya a la tarde tengo suerte. Un hermoso atun "ojo grande" se engancha. Después de muchos fracasos por fin he aprendido, cuando escucho la chicharra del reel, a filar rápidamente las escotas, parar el barco y hacerme cargo de la caña. Perdí un montón de líneas, señuelos y leaders de acero, por no saber hacer con claridad la maniobra. Se enredaba todo, el barco seguía corriendo, el pez hacia el lado opuesto, el hilo se desenrrollaba con un gemir constante del reel y de golpe: ¡trácate!, se cortaba y chau pescado, con anzuelo y todo...

Ahora lo hago con eficacia y el atún viene a reforzar mi dieta con sus proteínas. Para no gastar gas me lo como crudo como "cebiche", con limón, o como "shashimi", con soja. El resto lo salo con agua de mar y lo cuelgo del timón de viento, donde recibe constantes rociones que ayudan a disecarlo. Me lo comeré en los días subsiguientes, revuelto con huevos tiene gusto a jamón serrano... Y no volveré a instalar el señuelo hasta que no lo haya terminado.

Los días comienzan a sucederse rutinariamente. Desayunos con mate y fruta, algún trabajo de a bordo, lectura (al llegar a Pascua doné a su biblioteca 40 libros ya leídos, un poquito mojados) y mucho de no hacer nada... pensar, imaginar situaciones, futuros viajes, nuevos proyectos, recordar... Hacer un almuerzo liviano, dormir una siestita, volver a tomar mate, seguir pensando, y cuando quiero acordar, hay que hacer la cena, antes que el sol caiga (así no gasto querosén). ¿Cómo, ya pasó otro día?... Debo llevar la cuenta marcando el almanaque. Después de la primera semana ésta se pierde, deja de haber referencias, el tiempo cobra otra dimensión. Uno se especializa en captar los pequeños detalles de este mundo tán grande y a la vez tán reducido. La diferencia entre dos amaneceres, las distintas formas de las nubes, los matices dorados del atardecer...

Hago una posición diaria en la carta. Esta tiene una escala tán grande y las distancias son tán inmensas... 100 millas equivalen a dos centímetros.

El VITO, llevado por ese viento incansable y parejo de unos 15 nudos de intensidad, hace exactamente 100 millas diarias de promedio (algunos días llegamos a las 120). De a poco se va formando una parábola de triangulitos que avanzan hacia el sur.

De pronto ¡ BANG! con ruido de pistoletazo, se destruye el puño de escota del genoa, interrumpiendo mi idilio con esta maravillosa navegación de alisios. Qué le vamos a hacer... establezco un foque de repuesto y aguja y rempujo en mano, hago de "costurerito que dió el mal paso". Con unas tiras de nylon, restos de un arnés de mi perro BUBY, ex-tripulante desertor, arreglo y refuerzo tán bien el puño que me durará hasta Mar del Plata.

Siguen pasando los días, 20, 21. Comienzo a ponerme ansioso. Paso a 30 millas de la isla Sala y Gomez, deshabitada, la única compañera de Pascua. No alcanzo a verla.

Calculo que en la madrugada que viene avistaré Pascua. ¿Será así? Miro y remiro la carta una y cien veces, prendo y apago el G.P.S... Estoy seguro de llevar el rumbo justo, pero (siempre cabe la duda). ¿Y si no la encuentro? Ahora el viento me entra por la aleta de babor, así que bien podría arrumbar al continente, pero estoy a 2300 millas de él...

A las cuatro de la mañana me levanto, doy el acostumbrado vistazo circular, para detectar luces de barcos, y en la oscuridad, pongo la pava y preparo el mate. Salgo al cockpit pero sin mirar a proa. Ya he cambiado el rumbo, así que veré amanecer directamente sobre la popa. Con deliberada lentitud me pongo a matear disfrutando del momento, tratando de fijar los pequeños gestos, el color del cielo, las nubecitas rosadas, el ruido del agua golpeando el casco, el viento en la jarcia... Trato de guardar para el resto de mis días el instánte en que los sueños se convierten en realidad.

Con las primeras chispitas del sol no aguanto más, me doy vuelta y miro hacia proa... ¡SI! ¡AHÍ ESTÁ! Como lo leí mil veces en la Guía Náutica que copié del Olimir en Panamá. A una distancia de 20 millas, parecen dos islas. Son las cimas de los volcanes Rano Raraku y Rano Kau. Es Pascua, la Eastern Island de los gringos, la Rapa Nui de los polinesios. El Tepito Te Enua, el Ombligo del Mundo, la tierra más distante de toda tierra.

Aquí estamos con mi viejo VITO, hemos recorrido 2200 millas en 22 días. ¡VAMOS TODAVÍA! El corazón me galopa en el pecho y las lágrimas me empañan el parabrisas...
 
 

AUTOR: ENRIQUE CELESIA