LA VUELTA AL PAGO

El Cabo de Hornos, como podrán suponer, no me iba a dejar pasar así como así, sin cobrarme peaje. Como a la media hora de virarlo, cuando aún lo tenía a la vista, el viento norte, suave, se convirtió en NORTAZO. La espuma volaba, se veían rompientes blancas por todos lados... En fin, una delicia...Tuve que bajar las velas a manotazos pues todo ocurrió en instantes. Con una pequeña velita ayudada por el motor, conseguí rodear la isla Deceit y encontrar una bahía más o menos protegida donde fondear. Pero ahí también estaba ¨El Garrón¨ al acecho: en el primer intento garreó el ancla y tuve que recoger los 20 metros de cadena y casi 50 de cabo que había tirado, y a las apuradas, pues había piedras a sotavento y treinta nudos de viento... Lustros de vida perdidos. Volví a fondear y quise poner un cabo de seguridad a tierra. Cuando conseguí bajar el bote, que el viento hacía volar como un barrilete, intenté llegar a la costa. Después de remar como un desesperado durante media hora, con el cabo a la rastra. !Este quedaba corto! Por diez metros no alcanzaba a la playa. Me quería morir...Completamente agotado volví a bordo desistiendo de la maniobra, lo que me significó dormir toda la noche con un solo ojo, por temor a que garreara otra vez.

Amaneció calmo, tán calmo que estuve hasta las dos de la tarde a tres millas de Deceit, esperando que llegara el viento, mientras la corriente me llevaba y me traía. Pero, como es común en estas latitudes, comenzó a soplar y a la media hora ya había 30 nudos de viento Norte. Traté de orzar para hacer proa al Estrecho de Le Maire. Pero, qué iba a orzar semejante vientito... Estuve derivando con mínima vela toda la noche haciendo un rumbo que me llevaba hacia la Isla de los Estados.(Noche de perros). Al día siguiente la cosa empeoró: el viento se incrementó, aumentando la deriva y cuando ya parecía que inexorablemente iría a dar al Pasaje de Drake...! Volvió a cambiar! Entraba la depresión anunciada por el fax del Santa María. Sin aminorar su intensidad, sin anestesia, durísimo, borneó al Sudoeste. No podía creerlo, miraba el compás y me preguntaba:¿Para dónde iba yo? Por lo menos podía hacer buen rumbo. A los palos, con mucha descortesía, me fue llevando hacia el Le Maire. Luego de todo un día de lucha, timón en mano, llegué a la Bahía Buen Suceso, en la Península Mitre de Tierra del Fuego, todo mojado y exhausto.

En Buen Suceso hay una base de la Marina Argentina. Me comuniqué con los marinos y me indicaron que me amarrara en el boyón que hay al efecto y que desembarcara, que me invitaban como huesped.

Al bajar a tierra me tocó vivir la aventura más peligrosa y estúpida de todo el viaje...

Inflé y baje el bote, puse en el bolso unas pilchas y unas botellas de vino y me dispuse a remar hacia la base. Primer error: calculé mal la distancia, estaba a más de 2000 metros. Segundo: no le di importancia al viento (soplaban 20 nudos). Tercero: sobreestimé mis fuerzas, después de dos noches casi sin dormir, subiendo y bajando velas. El bote comenzó a patinar, la costa estaba siempre a la misma distancia y el viento me llevaba oblicuamente hacia el mar abierto... Al tomar conciencia de la situación, el susto me hizo remar mas fuerte, pero al cabo de un rato había agotado casi todas mis fuerzas. Por suerte tropecé con un cachiyuyal y con desesperación me aferré a las algas para descansar y pensar... Tampoco podía regresar al barco, pues al derivar, este me había quedado a barlovento... Decidí gastar mi último resto de energía remando hacia donde me parecía que la costa estaba mas cerca. Pero esta se abría en diagonal hacia afuera y el viento me llevaba paralelamente a ella, al Le Maire .

Aterrorizado me veía perdido en un botecito pelado, en ese mar gélido e inhóspito. Fui soltando un cachiyuyo y tomando otro, tratando de administrar las fuerzas que me quedaban. Después de una hora de lucha, conseguí llegar haciendo ¨patitos¨por sobre las piedras, a un lugar rocoso lleno de matorrales, casi a dos kilómetros del puesto... ! Siglos de vida perdidos!

Dejé el bote amarrado y por una senda de guanácos me dirigí a la base. En el camino encontré a los muchachos que venían a rescatarme, bastante asustados (no más que yo). Me habían visto y sentido impotentes para ayudarme, pues en la base no cuentan con ninguna embarcación. Ellos llevaron mi bote a la rastra, pues yo no podía ni caminar...!UN PAPELON! que me podía haber costado carísimo.

Pasé dos días reponiéndome, comiendo durmiendo y viendo películas en una video. La Base, un refugio antártico, bien aislado y calefaccionado, estaba "tripulada" por cinco infantes al mando de un guardiamarina. Con un promedio de 20 años, los mandan a "hacer patria", durante 45 días a ese recóndito lugar del Fin del Mundo.

Buenos, inocentes, con ideales, como la mayoría de los chicos de esa edad. Yo pensaba: "Como estos eran los que fueron a morir a Malvinas..." Lo pasé muy bien con ellos y me trataron mejor que si fuera su padre: lavaron mi ropa, cargaron la batería del barco, me regalaron pan casero y me empujaron el bote, con el agua helada a la cintura, cuando decidí partir. Buenos pibes. Además se bancaron mi charla, que no es poco.
 
 

Océano Atlántico, 11 de abril de 1997.

 Voy navegando con buen viento del Oeste, rumbo al Norte, a unas 50 millas al través de Rio Grande (Tierra del Fuego). Me faltan unas 70 millas para cruzar la boca oriental del Estrecho de Magallanes, lugar de triste memoria para mí. Por esta misma zona, en Marzo de 1994, a causa de una fenomenal tormenta sufrimos un golpe de mar que nos tumbó y por la fuerza del impacto a sotavento, explotó la luneta de estribor de la cabina y se llenó de agua el barco hasta la altura de la cucheta. Tuvimos suerte, logramos controlar la situación y sobrevivir, quedando como saldo la instalación eléctrica en colapso, el terrible susto del capitán y su tripulante, el perrito Buby, que nadaba con el agua al cuello en la conejera de popa, y la abolladura de la chubasquera, a la que hubo que hacerle "chapa y pintura"...

Quería navegar cerca de la costa, pero hasta ahora me ha resultado imposible. La curva de Este a Oeste que hace la Tierra del Fuego en este lugar, me obligaría a navegar con viento de proa, haciendo muchos bordes, lo que me haría perder mucho tiempo y energía, en busca de una protección, que por otra parte, es dudosa. Por lo tanto , decidí jugarme y cruzar lo mas directamente posible hacia Santa Cruz, donde quizá pueda arrimarme a tierra, con el criterio de aprovechar el relativo buen tiempo que encontré a la salida del Le Maire y alejarme lo más rápidamente de la zona.

Hoy contemplé la primera salida de sol a estribor: ! El amanecer del Atlántico! !Qué emoción ! Hemos dado la vuelta al mapa.

Mientras tanto el viento viene de través, duro, como de veinte nudos. Voy con la trinqueta y dos manos de rizos y hay una respetable, aunque no peligrosa ola de través, lo que hace que la navegación sea sumamente incómoda. Esperemos que los Dioses del Mar se apiaden de nosotros y nos dejen pasar mas o menos ilesos. Amén.

Océano Atlántico, 15 de Abril de 1997.

Lat 48º 30’ Sud

Lon 64º 30’ Oeste

Sigo rumbo al Norte, he recorrido unas 500 millas,desde la desembocadura del Le Maire, sin poder acercarme ni un metro hacia tierra. O sea que pasé frente a la boca del Estrecho de Magallanes y crucé la Bahía Grande por la "Ruta Supermacho" como la bautizara el capitan francés del Herebus: esto es a mas de 100 millas de la costa, a mitad de camino entre las Malvinas y el continente, y así me fue...!Dios mío, que paliza! He vuelto a" tropezar con la misma piedra." Estos tres últimos días, con sus respectivas noches fueron de temporal del Noroeste, duro, de unos 30 nudos constantes, con picos de 40 o más. Ayer por la tarde, en un momento, hasta donde se divisaba , el agua estaba toda blanca, de la espuma que formaba al romper y volar con el viento... Un viento aullador que parece que no va a acabar NUNCA.! Qué sufrimiento! Estas dos noches pasadas fueron las más largas que recuerdo ultimamente. Hay olas bien altas, como se las gastan por aquí, pero por suerte, hasta el momento no he recibido más que unos cuantos "palos", con mucho ruido, pero sin otra consecuencia que algunos vasos rotos, cosa que suele ser común en estos casos. Pero lo que es realmente habitual en estos eventos, ya ha ocurrido: ESTA TODO COMPLETAMENTE MOJADO. Tendré que dormir con el traje de agua a modo de pijama.
 
 

Océano Atlántico, 17 de Abril de 1997.

Ha calmado un poco, no del todo, pues en la jarcia aun se escucha un aullidito de viento. He podido comer, coser una vela descosida y ordenar un poco el barco. Ya estoy a la altura de Puerto Deseado, adonde me gustaría haber recalado, para saludar a unos amigos, pero a no ser que el viento cambie (sigue soplando del Noroeste), creo que desistiré de ello, pues requeriría mucho tiempo y esfuerzo recorrer las 70 millas que me separan de allí. Además, no quiero volver ni diez centímetros al Sur. Sigo haciendo un rumbo casi obligado Noreste, paralelo a la costa, pero muy lejos de ella. Si puedo entraré en Puerto Madryn, siempre respetando el criterio de no retroceder. De todas maneras, a medida que avanzo hacia el Norte, la situación se hace mas maleable. Por ejemplo: el termómetro de la cabina ya marca 15º en lugar de los 10º a que me tenía acostumbrado. !Aleluya! Me he podido sacar una de las cuatro capas de abrigo que llevaba puestas... Esto me recuerda al Caribe...(Snif, snif, sollozos...) The end.

Estas líneas precedentes fueron las últimas que escribí en la bitácora del VITO, cuando me faltaban apenas 600 millas para arribar a Mar del Plata y al término del periplo. En ese momento no sabía que todavía me esperaba uno de lo pasajes más difíciles del viaje, y también otros, los más emocionantes, lo del reencuentro con los afectos. Con gran frustración, no logré entrar en Puerto Madryn, donde hubiera querido visitar a Gustavo Diaz Melogno y su banda... Y comerles y tomarles todo lo que pudiera, que para eso están los amigos...

Durante los 17 días que empleé en cubrir el trayecto de Buen Suceso a Quequén el viento del Noroeste me castigó duramente hasta traspasar la barrera de los "40 Bramadores", de tán mala fama. Y cuando creía que, terminada la Patagonia, a la altura de la llanura pampeana, todo sería más fácil, el viento roló al Sudoeste, y luego al Sur, convirtiéndose en el peor temporal del que tengo memoria.

Viento aullador de 40 a 45 nudos constantes, olas enormes que sobrepasaban las crucetas del VITO, quien, a " palo seco", y quizá por obra y gracia de su tán criticada obra muerta, orzaba poniendo proa a la marejada. De tanto en tanto alguna ola más belicosa nos acostaba y nos llevaba "surfando" de costado, con la cruceta al ras del agua (cuando no debajo de ella). Pero mi noble barquito, como un perro que sale del mar, se enderezaba, sacudía la espuma que lo cubría y seguía navegando. Conté 12 de esas "acrobacias", y después perdí la cuenta...

A pesar de ser la situación objetivamente más peligrosa de todo el viaje, debo confesar, que paradójicamente, yo tenía menos miedo que en otras. Es que ya le había tomado mucha confianza a mi barco, y un pensamiento casi subliminal rondaba mi cabeza: "Esto es muy duro, pero NO NOS VA A PASAR NADA". Sabía que por mas tumbos que diéramos, el VITO valerosamente seguiría flotando.

Por fin fuimos arrimándonos a Necochea, y cuando ya estábamos a 10 millas, casi en el límite de pasarnos de largo, aproveché un recalmón, que duró unas horas, y me animé a ponerme en "popa redonda". Antes no lo había hecho pues temía que una ola desmedida nos "pasara por ojo". Con este último empujón entramos al puerto de Quequén, barrenando unas olas increíbles, que pasaban por sobre la escollera. Al día siguiente tuve que ir a la Prefectura a hacer la exposición para explicar "por qué había entrado con el puerto cerrado". No estaba como para quedarse afuera... Me enteré también que buscaban al pesquero Altair, el que lamentablemente después naufragó, perdiéndose 11 vidas humanas.

En Quequén me esperaba el cariño y la amistad de los muchachos de la Agrupación Vito Dumas, tipos navegantes y "del palo", si los hay...

Recuperé energías, descansé unos días y partí con gran emoción para transcurrir las últimas 60 millas de mi travesía. Posiblemente deba atribuir a mi apuro por zarpar, el no haber comido el asado que Mario Alía me prometiera en reiteradas oportunidades... Otra vez será...

Navegué con viento de proa toda la noche hasta tener Miramar al través y al amanecer se encalmó. No pude contener la ansiedad , puse en marcha el fuera de borda y de un tirón recorrí las 25 millas que me faltaban. Ya a la altura del faro de Punta Mogotes comencé a escuchar por radio los saludos de bienvenida de los amigos, y unas millas después fui encontrando los barcos que habían salido a recibirme con el Cartagena, de Tito Rozán, a la cabeza. En caravana con ellos, tocando bocinas y disparando bengalas, transpuse las escolleras del puerto de Mar del Plata, después de un año y diez meses de haber partido. Me había ido hacia el Norte y ahora volvía por el Sur... La costa brasilera, el Caribe, Venezuela, Panamá, Galápagos, Pascua, Chiloé, los canales chilenos, Ushuaia, el Cabo de Hornos, formaban ahora un sueño de 17000 millas, de alegrías tristezas y aventuras que no quería terminar. Mientras trataba de encontrar entre la bruma de las lágrimas, a mi novia, mis hijos, los amigos, me prometí firmemente hacer todo lo posible para no despertar, para seguir soñando, para vivir lo mas pronto que pueda la próxima historia...

Pero me invadió una sensación de relax, de calma, y pensé:

"VITO, YA ESTAMOS EN CASA..."
 
 

AUTOR: ENRIQUE CELESIA