LA LINEA DEL ECUADOR

EL VITO LA CRUZA POR PRIMERA VEZ

Partimos de Natal con la idea de navegar directamente hacia São Luiz de Maranhão, sin escalas. La opción intermedia era Fortaleza, pero no tenía buenas referencias de ella: al Lobizón de Beto Cella intentaron robarle el fuera de borda, descaradamente, en el fondeo del mismo Iate Clube. No lo lograron porque Beto tiene el sueño liviano (y esa noche no había tomado ni una caipirinha)...

Viramos el Cabo San Roque sin novedad, pasamos frente a Fortaleza, unas 100 millas afuera, y al llegar frente a Punta de Jericocoara y descubrir sus morros de piedra con forma de yacaré durmiendo al sol, en esa enorme extensión chata que es la costa nordeste brasilera, recordé un artículo leido en una vieja revista y pensé: "¿Por qué no?"...

Mientras Margarita dormía, (reponiéndose de la dura guardia nocturna que el tirano de su padre-capitán le obligaba a hacer), me aproximé a la playa y la desperté con un :"¡Sorpresa, fondeamos y bajamos a tierra!".

El detalle era que no había manera de aproximarse a la costa a menos de 500 metros, luego remar, barrenar la rompiente y arrastrar el bote por la arena otros 300 metros más: todo un trabajo. Teníamos que ponernos la malla, meter la ropa en una bolsa de plástico y guaedarla en una mochila, pues la mojadura era casi inevitable, pero a quién le importa mojarse en estos mares tan dulces, más bien es un placer...

Disfrutamos de un lugar soñado, con altísimas dunas , desde cuya cima se divisaba una interminable extensión de arena blanca salpicada de lagunas verde-esmeralda.

Jeri, como le dicen sus habitantes, es un minúsculo pueblito de pescadores suspendido entre el desierto y el mar, y sólo se puede acceder a él en barco o en camionetas 4x4, lo que hace que el impacto del turismo sea mínimo, el silencio total, y la vida de sus pobladores transcurra en paz y sin apuros, acunados por el ritmo de las mareas. Las "jangadinhas" salen a la madrugada, aprovechando la virazón y regresan al atardecer con su carga de pescado fresco. Todo el pueblo se congrega a esa hora en la playa. Mujeres, niños y abuelos ayudan a varar las barcas, limpiar y repartir la pesca, transportarla a sus casas. Día a día repiten ese rito ancestral, salvo los domingos, cuando se reunen en el "Recanto do forró", una bailanta dedicada a ese danza típica de la zona.

Con la nena remamos esa noche rumbo a la milonga, y superadas nuestras inhibiciones de "gringos", (varias "batidas" de cachaza mediante) demostramos a los lugareños nuestra habilidad para la danza... Con algún que otro pisotón, que nuestras circunstanciales parejas supieron disimular...

Continuamos viaje hacia San Luis, con el propósito de recalar, previamente, en Tutoia, un puertecito del que curiosamente tenía el cuarterón, (atención también de Beto Cella).

Cuando estábamos a unas 15 millas del canal de entrada, en un descuido, nos subimos a un banco de arena, el quillote tocó el fondo, y una ola nos pasó por encima, inundando el cockpit... En cuestión de minutos nos encontramos en medio de una rompiente con unos feos espumones blancos. Motor a fondo, huímos hacia afuera, en busca de mayores profundidades, pero... ¡qué susto! En algunos momentos la sonda marcó 1,40 metros... Desistí de entrar a Tutoia.

Ya habíamos navegado 50 millas, de las 100 que nos faltaban para San Luis, y recién se me ocurrió mirar la carta de la zona: ¡Casi se me para el corazón! Además de tener una escala muy grande, con muy poco detalle, desde una distancia de 30 millas antes del puerto ¡estaba en blanco! Toda la desembocadura del rio en blanco, ninguna indicación de profundidad, canales, bancos... La Nada, como en la "Historia sin Fin"...

No me simpatizaba la idea de seguir, pues el próximo puerto era Belem, 300 millas más adelante, y no contábamos con víveres suficientes. Todos los puertos de esta zona, generalmente ubicados en desembocaduras de ríos, tienen características similares: gran amplitud de marea (de 6 a 7 metros) que determina correntadas de hasta 12 nudos en bajante, bancos que cambian de lugar, etc. Hubiera sido conveniente tener un buen motor, y cartas ... Hubiera...

Como fuera íbamos a entrar a San Luis. Llamamos por V.H.F. con la esperanza de que alguien nos indicara las coordenadas de la boya de recalada del canal de entrada, que yo suponía debía existir...

Margui se comunicó con un barco polaco, o algo así, el "Akatimenchuko" (así sonaba) e intentó hablar en inglés con el ruso que estaba en la radio. Terminaron muriéndose de risa, ante la incomunicación flagrante, pero de las coordenadas ¡nada! A lo lejos unas rompientes blancas denunciaban la barra, muy afuera del mar, pues la costa no se divisaba aún. Decidí navegar hasta donde el G.P.S. nos indicaba el centro de la desembocadura del río, y allí viramos 90º al Oeste, encarando hacia adentro, con los ojos como "huevos fritos", tratando de detectar los bajos fondos, yo con una sonrisa trucha en los labios para no asustar a la nena...

Por fin, logramos comunicarnos con los prácticos del rio, y a través de ellos con el Iate Clube. Una voz salvadora nos dice: "Tienen que aproximarse haciendo rumbo 210º" ¡ El mismo que estábamos haciendo! No lo podíamos creer. Nos abrazábamos y gritábamos de alegría... Yo le decía: "Viste, ¿soy o no un genio del "allá vamos"? No me creyó nada...

Conclusión: un poco más adelante encontramos las boyas del canal, y como ya era de noche fondeamos cerquita de una isla, a la vera del mismo, con todas las luces de San Luis de Maranäho como candilejas de un monumental escenario. Brindé con una caipirinha a la salud del "allá vamos", y prometí en el futuro ser más cuidadoso con las cartas. (Debería escribirlo 100 veces como castigo).

Océano Atlántico 11- 5 - 96.

Hace dos días que salimos de San Luis. Lo pasamos bien allí. Es una gran ciudad, pero aislada y rodeada por la selva, lo que le da una personalidad muy particular. Tiene características muy propias: la parte vieja con sus mansiones revestidas de mayólicas italianas, recuerdo del esplendor de las épocas del caucho, sus barcos de cabotaje y pesca a vela, la vegetación devoradora y la amplitud de marea. De ésta última nos acordaremos siempre: dos veces al día había que correr al VITO y asegurar que su quillote coincidiera con la parte más profunda del canal, frente al Iate Clube, para que al desaparecer el agua quedara más o menos adrizado, clavado en el fango del rio. No tener en cuenta este detalle equivalía a terminar acostados de la peor manera posible con los inconvenientes del caso, las cosas todas patas arriba, barro por todos lados, etc.

Es un puerto no apto para monocascos, de hecho éramos los únicos que tenían uno; había unos cuarenta veleros deportivos, todos cata o trimaranes construidos en la zona, artesanalmente.

Disfrutamos de la ciudad, hicimos inolvidables amigos, comimos las langostas más famosas de Brasil, y haciendo un esfuerzo, partimos a hacer la singladura más larga que nos esperaba y la última del Atlántico: San Luis- Trinidad Tobago. Mil trescientas cincuenta millas por la llamada Zona de Convergencia de los Trade Winds (en criollo Vientos Alisios). Se llama así porque aquí confluyen los Alisios del Sudeste, que vienen de Africa, con los del Noreste, que vienen de Canarias, formando una componente de vientos del Este-Sudeste, de 25 a 30 km. de intensidad constante, los cuales, ayudados por la Corriente de Guyana, fluyendo a 3 nudos en la misma dirección, crean un tobogán imparable que termina en el Caribe.

El VITO va como un tren y ya hemos hecho 160 millas en línea recta. Teniendo en cuenta que el primer día, hasta salir del delta en donde se encuentra San Luis, sólo hicimos 25 millas, en la últimas 24 horas ¡superamos las 130 millas!, increible.

Hoy Margarita cumple 20 años, cambia de característica, me jugué y le hice una torta de chocolate, con velitas y dulce de leche ¡de búfala!... Todo un exotismo.

12 de mayo de 1996.

Nos acercamos rápidamente al Ecuador. Hoy hemos recorrido casi 100 millas más. Prendo el G.P.S. y comenzamos la cuenta regresiva. Estamos emocionados, nos parece mentira estar aquí, que esto nos pase a nosotros y que lo podamos compartir padre e hija. La línea es un mito para todos los marinos y para quienes no lo son, y ¡estamos a punto de cruzarla!

Coreamos a los gritos los últimos cables y cuando en el display aparece LAT. 00º 00´00, son las 15 horas y estamos en la Longitud 45º 15´Oeste. Nos abrazamos, lloramos y cantamos. Tratamos de sacar alguna foto donde se viesen los numeritos, y brindamos teniendo en cuenta derramar un poco al agua, para Neptuno, Jemanjá y las sirenas, por si acaso. No necesitamos disfrazarnos, como se estila, al natural ya lo estamos bastante...

18 de mayo de 1996.

Lat. 08º 16´ Norte

Long.55º 50´ Oeste

Estamos 500 millas más al Norte. Hemos hecho 1000 millas en ocho días, casi 130 millas de promedio diario. Bastante duramente. No han parado de soplar 30 o 40 km. constantes, que levantan una ola respetable. Siempre por la aleta, siempre en rumbo, siempre amurados a estribor. Lo único que hacemos es enrollar y desenrollar, tomar rizos (a veces dos a la noche) o soltarlos. El G.P.S. marca de 8 a 10 nudos de velocidad. Seis reales y el resto de corriente. Me resulta un poco estresante viajar al límite de mi barquito. Constantemente nos pasan por encima unos nubarrones negros con su carga de chubascos de agua fría y sopletazos de viento.

Estamos al través de Surinam, la ex Guayana holandesa, pero a 150 millas de la costa. Desistí de entrar en Belem y las Guayanas; son todos puertos situados en la desembocadura de algún río, con sus inconvenientes de bancos, bajos fondos y corrientes. Habría que tener buen motor y orza rebatible, para poder estar cómodo y tranquilo, ya tuvimos bastante con San Luis, así que hasta el Caribe no paramos! Otra posibilidad era recalar en la Isla de la Salud, donde está el penal en el que estuvo preso Papillón, pero no, mejor no arrimarnos por ahí, nosotros tenemos todo el dinero en cambio chico...

Con lo que nos va muy bien es con la pesca. Ayer pescamos tres marlines espectaculares. Enormes, como de 20 kilos, con su hermosa vela azul y su larga espada. Nos costó un lio de escotas enredadas, y casi una hora de tiempo cada uno, para sacarlos. Pesca estéril, pues soltamos vivos a los tres. Tenemos por norma pescar sólo lo que podemos comer. La nena estaba con el estómago revuelto, y yo me hubiese sentido un asesino, matando tan hermoso animal sólo para comerme unas rodajas. Los solté no sin derramar algunas lágrimas... De hambre....

Hoy volvieron a picar otros dos bichos grandes, a los que no tuvimos ni el gusto de ver. Desenrrollaron el hilo con un gemir de reel, y antes de que pudiésemos parar el barco, lo cortaron, llevándose buena parte de la tanza, señuelo, giratorios y leader de acero, todo. Resolvimos no intentar pescar más hasta salir de la zona, nosotros, que nos hubiéramos conformado con un atuncito o un bonito de dos o tres kilos...

20 de mayo de 1996.

Son las 22 horas, y apenas veo lo que escribo. Hace un momento escuchamos chapuzones en el silencio de la noche. Fuimos hasta la proa y un grupo de delfines nos obsequiaron con un ballet acuático como sólo ellos saben hacer. Tirabuzones de estrellas, fantasmas de noctilucas, explosiones de luz negra... No los veíamos, pero nos mostraban su presencia en una suerte de show virtual de fosforescencia. Los alentamos y gritamos a rabiar, devolviéndoles la atención con nuestro calor de público que sabemos, es la mejor paga para los artistas. Cuando se diluyeron las últimas volutas luminosas y el eco de los aplausos, levantamos la vista, y sobre el telón de fondo de la noche apareció la lucecita del faro de Scarbourg, Tobago, como dando fin al espectáculo del Atlántico. Llegábamos al Caribe.

AUTOR: ENRIQUE CELESIA