EL VITO PARTE DE MAR DEL PLATA A CIRCUNVALAR SUDAMERICA

A fines de julio de 1995, el VITO estaba listo para iniciar su gran viaje. Habíamos debutado, barco y tripulación, en un duro y accidentado viaje al Sur, a cuyo destino final, Ushuaia y los canales fueguinos, no pudimos llegar, a causa de un vuelco originado por una enorme ola, en medio de un temporal del Oeste que nos tomó a la altura del Estrecho de Magallanes. Dicho vuelco, feo, con crucetas bajo el agua, bastante grave, implicó el estallido de la ventana de estribor , la rotura de la chubasquera rígida y la consecuencia de innundarse el barco hasta más arriba de la cucheta. Sobrevivimos, pero tuvimos que volver, a "poner las barbas en remojo", arreglar lo roto, y hacer una profunda reflexión sobre la capacidad y experiencia de la tripulación. La conclusión fue que tanto el barco como su patrón estábamos aún muy "verdes" para aventurarnos por las altas latitudes. Es así que decidí partir hacia el Norte, esta vez con tiempo ilimitado y en solitario. Absolutamente solo, ya que sufrí la deserción de mi tripulante, el perrito Buby, quién optó por perder su libertad, collar y traílla mediante, a cambio de comer y dormir caliente, en lugar de la dudosa libertad mojada con agua salada que yo le ofrecía...

La experiencia acumulada me hizo mejorar el amarinado del barco: le agregué un botalón que me permitió aparejarlo a "cutter" con burdas fijas, dos enrolladores en proa, imbornales de 2 pulgadas a popa, tapé con fibra de vidrio y resina siete agujeros en el casco (los viejos imbornales y las exlusas del baño) y optimicé el sellado de la unión con la cubierta que tenía un sistema muy "mal parido" por el astillero.

Traté de arreglar mi vida, en función del viaje, lo mejor posible y ¡Por fin!, llegó el día de la partida. En el Club Náutico Mar del Plata pocos tomaron cuenta del hecho, salvo los amigos, como siempre con Tito Rozán a la cabeza, quién me acompañó con el CARTAGENA llevando a mi familia, hasta afuera del puerto. También se sumaron a la despedida el FLOPPY y el JOHN SUNDAY. De las autoridades del Club, el único que tomo participación en el evento fue el gerente, que me mandó un marinero a cobrarme las dos cuotas que debía...

Océano Atlántico, 2 de agosto de 1995. 16 horas.

A esta hora hace exactamente 5 días que salí de Mar del Plata. No he progresado gran cosa. Estoy al través del Cabo Polonio, unas 50 millas afuera, buen viento de popa, mar calmo y sol. Aprovecho para perder longitud, haciendo rumbo N.E. por si sale viento en contra de ese cuadrante. Quiero estar lejos de tierra cuando ello ocurra.

Llevo hechas unas 300 millas en línea recta y ya me han ocurrido unas cuantas cosas, de las buenas y de las malas. Apenas salí del club, dejó de funcionar la caja del motor. Salí a vela, y al transponer las escolleras el viento era más fuerte de lo que parecía, quise enrollar el genoa y se me enredaron los cabos, por lo que debí ir a la proa y hacerlo a mano... El timón de viento no funcionaba... ¡Ufa!..

A la altura de Mar Chiquita, ya de noche, se encalmó y estuvo así hasta el amanecer. Luego comenzó un Sur, fuerte que me llevó todo el día y parte de la noche a los palos. Como el timón de viento seguía negándose a funcionar, tuve que timonear yo, desde el interior de la cabina con los guardines que había instalado al efecto. Pero no podía aflojar, pues se atravesaba y ¡ Broom!, la ola me pegaba duro. A esa hora habían pasado casi dos días de la partida, recién estaba frente al Faro Querandí y ¡ya no daba más!... Tenía frío, ganas de vomitar, me dormía parado y me despertaban los golpes de la marejada en la popa... Me dije: "Que se vaya todo al diablo"... Bajé las velas, encendí la luz de fondeo y me fui a dormir. El VITO, al garete, flotando en la cresta de la ola, hizo esa noche 10 millas en buen rumbo. ¿Pasaron barcos?...Parece que afortunadamente no, y si pasaron me vieron, y si no me vieron pasaron lejos, y si... Mejor no pensar en eso.

A la mañana siguiente estaba todo calmo, había sol y recuperado físicamente, más tranquilo descubrí: ¡ Que el timón de viento estaba armado al revés! Me quería morir, de culpa y de alegría, pero la alegría fue más grande... Por fin podría navegar descansadamente, lástima que no había viento; pasé un día entero encalmado en el medio del Río de la Plata, a 10 millas del límite con Uruguay. Después arrancó un sudeste que me quería meter a toda costa en Punta del Este, y fue rotando hasta ponerse del noreste, también queriendo llevarme hacia Punta. Ahora me explico como los nautas marplatenses son tan afectos a este puerto: llegás queriendo o sin querer...

El viento siguió borneando y por fin se franqueó al sudoeste, pude cocinar y comer comida caliente por primera vez, un buen puchero. Tengo el barco controlado, seco y ordenado. La luna en lo alto marca un horizonte casi celeste, y bajo una cúpula de estrellas "que no puedo contar", el VITO como un fantasma se desliza casi sin ruido hacia el Norte, sobre un mar planchado, negro como la tinta. Recién empiezo a relajarme, a disfrutar del paisaje, de la naturaleza, de la soledad... De a poco voy entrando en esta maravillosa rutina... Como un dictador fascista voy reprimiendo y censurando los diálogos que entablan las cosas: los tenedores que hablan con las tacitas "crecle -crecle- crecle" y ellas contestan "pik-pok, pik-pok". La linterna colgada que le dice al tarro de café: "tlacatac- tlacatac", el "clokle- clokle", y yo, detrás de ellos, detectando y silenciando... Pero igual, nunca falta alguna lata de arvejas que, aprovechando mis falencias auditivas, me lance un subversivo "tacle- tacle- tacle", en mis propias barbas...

Océano Atlántico, 6 de agosto de l995.

Recién hoy puedo "retomar la pluma". Resulta que en medio de ese paraíso de paz y felicidad que les relataba, escucho un pronóstico meteorológico por una radio marplatense, algo así: "...y para Mar del Plata vientos fuertes a muy fuertes del S.O., producto de una alta presión que viene del Polo, etc. etc..."

Yo, tipo astuto, me dije: "Fenómeno, estoy a 400 millas de eso, casi al través de Río Grande, con la colita de ese frente, me voy chiflando bajito..." Pero hete aquí que se vino la colita, el espinazo y hasta los cuernos...

Primero llegó un viento firme como de 25 Km. que me hacía viajar como los dioses, pero que luego comenzó a aumentar, y a aumentar y yo a bajar velas, hasta que cuando quise acordar soplaban 30 o 40 nudos... Escuchaba el zumbido aterrador en la jarcia y me decía: " Esta película ya la vi... Pero en la Patagonia... ¿Estos no son los dulces mares de Brasil?"

Con un trapito en proa comencé a correr el temporal mientras pensaba: "Esto no puede durar mucho, ya estoy muy al Norte..." Pero las horas seguían pasando, el viento no aflojaba y las olas eran más grandes. En esos momentos estaba a 120 millas de la costa, sin ninguna posibilidad de llegar a un puerto y con todo el mar, por delante y por detrás, para formar olas.

Pasó un día, llegó la noche, y yo seguía timoneando desde la cabina, con un cabito en cada mano, de espaldas a la proa, guiándome por posición de la bandera y escuchando el ruido del viento, que según cambiaba, me indicaba que me había salido de rumbo, y ¡Broom! el "palo" de una ola no se hacía esperar.

Con arañazos de luz entre las nubes negras llegó el nuevo día... Era peor verlo que escucharlo: unas olas oscuras, montañosas, con la cresta de un verde descolorido constantemente rompiendo, con surcos blancos de viento en los senos, y el ruido, siempre ese ruido, que parece que nunca va a acabar... No se si eran más altas que las que había visto en el Sur, pero sí más grandes y voluminosas, con valles de 500 metros entre cresta y cresta y con la fuerza arrolladora sumada en millas y millas de recorrido. Y yo ahí, sin poder hacer otra cosa que jugar la única opción que creía posible, caminando sobre la cuerda floja y sin poder distraerme. No podía comer, ni tomar un mate, ni descuidarme un segundo, estaba ya al borde del agotamiento. Comí a las apuradas unos puñados de pasas de uvas y dos cucharadas de café instantáneo (sí, en seco...), como para estimularme, pero a pesar de todo, por un momento aflojé la atención... Una ola grande nos hizo surfar justo cuando cargaba la racha de viento, el barco guiñó, se atravesó a la marejada y ¡Cataplúm! VOLCAMOS. Otra vez había tropezado con la misma piedra, otra vez todo pata para arriba... Pero ni siquiera podía pararme a considerar los daños. Aparentemente no eran importantes pues no había agua en cantidad dentro del barco, salvo la de la sentina, que corría por los mamparos.

Pero, la situación parecía grave: debía seguir luchando hasta que calmara el temporal, timoneando sin aflojar. Ya habían pasado más de 24 horas y no había miras de que el tiempo mejorara. Estaba dispuesto a morir matando, pero razonablemente no creía poder soportar otra noche así, sin que el sueño y la tensión me vencieran... Me dejé llevar por la depresión, empecé a pensar en la muerte, no dramáticamente, sino como una realidad tangible, en el cómo y el cuándo... Pensaba que de volcar 2 o 3 veces más, desarbolaría, y el mar me iría arrollando sin parar. No creía irme a pique, pero sí que me ganarían la hipotermia, los golpes dentro de la cabina... Como en una película pasaban por mi mente los chicos, mis viejos, mi novia, los amigos; trataba de imaginar qué pensarían, qué sentirían; qué inútilmente me buscarían sin saber exactamente en dónde...Ni para qué. Me culpaba de mi ineficiencia, de ese no poder hacer nada..." ¿Como te has dejado llevar a un callejón sin salida...?" como la canción de Sabina. Lo que más bronca me daba era que esto me ocurriera casi en el paralelo 31º, así desapercibidamente, y me tomara más desprotegido que en el Sur donde las condiciones eran más duras, pero sin embargo siempre tenía la sensación de controlar la situación..."¡¿ Sur dije?!"

¿Y cómo iba navegando allí, aun después de que se me hubiera anegado el barco?... Émpezó a titilar una lucecita en mi onnubilado cerebro..." Pero si allí no iba corriendo en popa ¡ IBA CAPEANDO, ANIMAL!

Sin pensarlo dos veces puse el barco de proa a la marejada (¿Por qué suponía que no se podía?) y el VITO comenzó a trepar las crestas de las olas, que nos pasaban por debajo oblicuamente. Iba como eligiendo: esta la corto, esta no, esta la dejo pasar... Claro que no era todo rosas: lo mismo que en el Sur, una de cada diez ¡Broom! nos pegaba fuerte, y alguna nos acostaba. Pero eso es diferente a tumbar con velocidad, barrenando y el barco dándose vuelta con su propia inercia.

A partir de ese momento todo cambió ¡Volvimos a la vida!, la cosa estaba fea pero no insoluble: el timón de viento en esas condiciones funcionaba, después se rompió, perdí unos pedazos, pero atando la caña el VITO orzaba igual. Pude comer y ¡dormir!, precariamente, pues antes tuve que patear el caos que había sobre la cucheta y acostarme con el traje de agua porque todo estaba mojado.

Antes de desmayarme de sueño, saqué algunas conclusiones: el VITO puede correr en popa hasta que la ola sobrepasa su eslora, después de eso pierde estabilidad y vuelca; con un tormentín en proa y el timón puesto a orzar, cobra, pero no muere; navegando en solitario hay que dormir siempre que se pueda, y no dejarse atrapar por divagaciones nostalgiosas, o porque "la tardecita está linda"; otro de los inconvenientes del solitario es no tener con quién cotejar opiniones, y es fácil encerrarse en falsas opciones: yo, por ejemplo, siempre opto por hacer estupideces...

De todas formas, ahora estoy mucho más tranquilo: hay yerba en el techo, arroz en la sentina, mermelada y filetes de anchoa en la cucheta, las tapitas de las hornallas, junto con las cortaplumas y el cepillo de dientes volvieron a parar al lado de los molinetes, en la sobrecabina... Lo bueno de estas cosas, es que cuando te ocurren siempre, uno ya sabe donde ir a buscar lo que le falta...

Lo único que no aparece es la tapa de la pava; un día de estos encontraré las dos, ésta y la anterior...

En el interín, conté nueve frentes que pasaron por encima, y creo que eran más.

7 de agosto de 1995.

Como todo pasa, lo bueno y lo malo, el temporal cesó y llegó la calma. De recuerdo quedó un mar de leva que no me deja embocar la bombilla cuando tomo mate. Pero por lo menos hace calorcito y hay sol. Dediqué el día a recomponer el caos que reinaba en el barco, por suerte no hay cosas rotas, sólo debo lamentar los libros mojados por el agua de la sentina...

Al atardecer el viento rotó al N.E. y comenzó a aumentar. Este viento, típico de esta zona, ya nos había apaleado en el viaje anterior con LA LICORNE, incluso nos rifó la mayor. Firme, como de 30 Km., crea una marejada que, encontrándose con la ya formada por el temporal del Sur, hace un efecto de "batidora", que me recordaba los escarceos de Madryn. ¡Ahora a la bombilla no la veo ni pasar ! Aprovecho para hacer un largo borde afuera, pues quiero pasar bien lejos del famoso Cabo de Santa Marta.

Además, como ya se sabe, el viento Norte trae su cuota de humedad y de locura... Sobretodo cuando viene de proa. Tratando de imaginar unas palabras que pensaba escribirle a un amigo, me emocioné y me puse a llorar a moco tendido... Me vino bien: no sirvió para hacer aflojar a este viento hijo de p..., que no me deja avanzar hacia mi destino, pero me alivió un poco la presión que tenía adentro.

10 de agosto de 1995.

¡Otra vez ! No lo puedo creer, de nuevo temporal. En algún momento el N.E. se calmó, y de a poco, se instaló el S.O. Comenzó con una brisita y ya debe estar en 40 nudos. Otra vez las olas montañosas, horribles y el aullido del viento. Otra vez el miedo, los golpes y el agua salada que gota a gota va ganando el interior del barco hasta terminar ensopando todo... La única ventaja es que esta vez, tengo más claro lo que hay que hacer. Corro con el viento por la aleta, con la trinqueta enrollada hasta quedar convertida en un pequeño tormentín, lo máximo de vela que el barco aguanta, y el timón de viento puesto a orzar para evitar que se ponga en "popa redonda" (tengo malas experiencias al respecto). Puedo dormir de a ratos y no llego al agotamiento. Me siento como cuando en las maratones "cambiaba el aire": eso da la sensación, de sobrepasar los límites del cuerpo, de poder correr indefinidamente... Lo que no puedo evitar es el estrés producido por el susto... Una de cada seis o siete olas que pasan, me pega duro ¡Crash! Pobre VITO, temo que se rompa como un huevo. Esto ya ha durado dos días, y espero que calme pronto. Estoy a la altura del Cabo de Santa Marta Grande, pero a 50 millas afuera. ¡Cuánto me alegro de estar lejos de la costa! Hay una tormenta eléctrica terrible, la visibilidad es muy mala y deben haber dos o tres nudos de corriente que empujan hacia tierra.

Está todo mojado, hace 3 días que no veo el sol, caen chubascos helados: ¡Alguien me mintió sobre los mares de Brasil!

12 de agosto de 1995.

Estoy encalmado ya muy cerca de mi destino, a 10 millas de la Ensenada dos Ganchos, sobre el continente, al Norte de Florianopolis. Aprovecho para comer algo caliente y descansar. Anoche, cuando se amansó el viento salvaje ese que nos traía, agrandé la vela de proa, puse el barco en rumbo y me fui a la cama. Dormí toda la noche. ¿Y los barcos? Bien gracias, pasaron lejos...Creo. Hicimos 40 millas y estamos cerca, según el G.P.S.

¡TIERRA, TIERRA! En mi proa, emergiendo de la neblina, aparecen los morros negros de la Isla de Santa Catarina. Lo que parecían nubes bajas, y me hacían pensar " Qué feas esas nubes negras, justo para donde vamos..." Estoy arribando...¡ Salud, hermosa tierra de Brasil! Y para variar las lágrimas me nublan los ojos... ( Estoy muy llorón, últimamente.)
 
 

AUTOR: ENRIQUE CELESIA