_"Cristóbal Signal, Cristóbal Signal, velero VITO llama, cambio".
_"Aquí Cristóbal Signal, adelante velero "Víctor" (No hay caso, nunca la pegan).
_"Es para comunicarle que estoy arribando, aproximadamente a media milla de la escollera. Desde aquí veo dos entradas, una pequeña a babor y otra grande, señalizada, a estribor. ¿Por cual entro?"
_"Por la de estribor Capitán (¡¿Capitán?!), por la entrada principal, por favor conserve el lado Este, gracias, y bienvenido al CANAL DE PANAMÁ"
Con este sencillo, pero emotivo acto, terminaba, (o casi), mi largo periplo, de 7.000 millas, por el Océano Atlántico. Abandonaba por un tiempo a un viejo y querido amigo, causante de no pocas pálidas, bastantes magullones y miles, pero miles, de inmensas satisfacciones y sueños realizados.
Dije "casi", porque, como Uds. habrán podido notar, generalmente, las navegaciones del VITO y sus tripulantes tienen siempre esa emoción y ese encanto de "la noticia de uuuúltimo momento"... ¿Qué suponen que pasó, cuando faltaba tan solo media milla para fondear plácidamente en el protegido puerto de Cristóbal ? ¡ Pues qué vacilón, chico, que se ha acabao la gasolina ! Es mi karma, eso de no acordarme de reponer la reserva... Deberé hacerme un nudito, no precisamente en el dedo...
Por supuesto, el viento era de proa. En las últimas 24 horas, solo había podido hacer 30 millas, y a pesar de haber rodeado una península, cambiando casi 360º el rumbo, el viento se las había arreglado para estar siempre "de jeta". Entonces, con la seriedad y responsabilidad que me caracterizan, me puse alegremente a hacer bordes, con poco viento, en la boca de las escolleras más transitadas de buques del mundo, tratando de hacerme el desentendido de los dinosaurios que me pasaban a diestra y siniestra... Para colmo, cada vez había menos viento, tardaba en virar, el genoa no pasaba de amura, me quería morir...
Después de que un enorme portacontenedores taiwanés me "rajara" a bocinazos (por suerte no entendí los insultos), decidí cambiar de táctica: derivé un poco, salí del canal hasta donde estaban unos pescadores en una canoa con motor fuera de borda. Me vendieron 2 galones de gasolina (menos de 4 litros), en 10 dólares, un negoción.
Arranqué el Jonhson, y después de sortear los 30 barcos fondeados en la rada, a las 12,45 del 3 de setiembre de 1996, ¡Aleluya!, transpuse las escolleras, dije , por cábala: "Chau Atlántico", y me encontré flotando en las tornasoladas aguas (por el gasoil derramado) de Bahía Limón, donde comienza el Canal de Panamá.
Ese mismo día cumplía 50 años... -"¡Vieja, si me vieran los vecinos de Toay...!"
Al día siguiente, fondeado en las cercanías del Yatch Club Panamá Canal, en el Puerto de Cristóbal, junto a otros 15 veleros, esperamos turno para cruzar. Por V.H.F., llamamos a los encargados de hacer el arqueo, de la Comisión del Canal.
En una lancha se apersona un morocho, calculadora en mano y con mucha amabilidad (Capitán de aquí, Capitán de allá...), realiza el mentado arqueo y rergistra la solicitud de cruce. Estos datos van a parar a la computadora de las oficinas de la Comisión, en donde, previo pago de U$A 200, me dan la fecha, la hora y un número de identificación, el 364.835, que le servirá al VITO para pagar un poco menos la próxima vez que cruce... Como anécdota curiosa: me pidieron un domicilio para enviar " lo que sobrara de dinero una vez hecha la cuenta final". Con poca convicción les di el de Mar del Plata, y ¡oh, sorpresa!, cuando regresé, me estaba esperando un cheque de reintegro por U$A 51, lástima que contra un banco de Panamá... Lo guardé de recuerdo.
Además me dieron una lista de recomendaciones, elementos que deberé llevar y me hicieron firmar una pila de papeles escritos con la famosa "letra chiquita" parecida a los contratos de las compañías de seguros, esa que uno nunca lee y que después se vuelve contra... Y para colmo en inglés...
Pero ya estoy jugado, pago y firmo todo: ¡ Vamos, a por el Pacífico!
Obligatoriamente deberé llevar seis defensas, tres de cada lado, cuatro cabos de amarre de más de 40 metros, comida y bebida para la tripulación, que estará formada por: cuatro marineros, el capitán (o sea yo) y un práctico, proporcionado por la Comisión del Canal, e incluido en el precio. Por suerte, pues me mandaron un práctico aprendiz, de yapa... Ese día estaba previsto el cruce de 70 barcos. ¡ Justo al VITO le ponen el aprendiz ! Protesto pero no me dan bolilla, es una verdadera muchedumbre a bordo.
El tema de los marineros era preocupante: es obligatorio para todos los veleros, y realmente necesario, pues alguien deberá encargarse de los cabos de amarre y estar atento para filar y cazar los mismos, en las maniobras dentro de las exclusas. En el puerto de Cristóbal siempre hay merodeando muchachones que se ofrecen para hacer el cruce, pero había dos inconvenientes: primero estos chicos cobran U$A 50 "per capita", lo que encarecía el viaje en otros U$A 200, y segundo, ¿ Pasar dos días con sus noches con estos fornidos morochos? ¡ No! Temía por mi virginidad...
Afortunadamente, en la Bahía Limón, me había reencontrado con el mundo de los navegantes y su maravillosa solidaridad.
Rápidamente hacemos una sociedad de hecho: me acompañarán, Ives, un solitario francés del NARAGANSET, Jean Louis y Fiorella, él alsaciano y ella italiana, del MAMATEMBO, y Pierre Ives, un suizo tripulante del OLIMIR. Cuando les toque el turno de cruzar a ellos, yo les devolveré la atención haciendo de tripulante.
Por fin llega el momento: el 10 de setiembre de 1996, a las 7 de la mañana, iniciamos el cruce. Con 7 personas a bordo, 100 litros de combustible, víveres y defensas, sumadas a los cachivaches que forman su equipamiento habitual, el VITO metía más de 20 centímetros la línea de flotación en el agua, que para colmo es dulce, de lluvia, de muy baja densidad. Todo esto empujado por el noble 15 H.P., a fondo durante las 40 millas del recorrido, pues el práctico no me dejó utilizar las velas, y de acuerdo al contrato firmado, había que hacer una velocidad mínima de 5 nudos... ¡Uf. qué presión!
Entramos a la primer exclusa de Gatún detrás de un portacontenedores chino y nos amarramos a las, entonces, altísimas bitas. Cerraron las compuertas, abrieron las válvulas, y comenzamos a subir en ese curioso ascensor acuático, bamboleándonos por la turbulencia, y a punto de morir ahorcados en la maraña de 200 metros de cabo, que los marineros de turno debían cobrar rápidamente al compás del ascenso. Realmente era necesario tener un hombre en la punta de cada cabo, si no, el lío hubiera sido incontrolable...
Lo bueno vino cuando, ya llena la exclusa, abrieron las compuertas de adelante y el monstruo chino dió toda máquina avante... La enorme hélice, a 50 metros de la proa del VITO, nos obsequió con una ola de dos metros, a boca de jarro y sin anestesia... Pero fue sólo un momento; tirado por las "mulas" (locomotoras diseñadas especialmente al efecto), el buque comenzó a avanzar, se estabilizó la turbulencia y pudimos soltar amarras, pasando a la exclusa siguiente, para repetir la operación.
A medida que comprendíamos y podíamos controlar la maniobra, nos fuimos relajando y comenzamos a disfrutar del cruce, realmente una experiencia distinta y placentera. El lago Gatún es hermoso, con sus islas verdes, las antiguas cumbres de la montaña, rebosantes de vegetación tropical, llenas de sonidos, pájaros y monos. Perfectamente boyado y señalizado, en su recorrido nos cruzamos con varios de los buques "nortes" (los que cruzan de Norte a Sur). Nosotros éramos un "sur", pues íbamos a la inversa.
En la confluencia del río Chagres y el cauce del Canal, donde comienza el Corte Culebra, hay un pueblito llamado Gamboa. Enfrente debimos fondear para pasar la noche. Dormir cinco personas en un velerito preparado para solitario, es bastante complicado, pero la buena onda de la tripulación ayuda a superar cualquier incomodidad. Compartimos comida, vino y experiencias, a través de las diferencias del idioma y circunstancias, como si fuéramos de la familia... En realidad SOMOS de la familia, la familia de los navegantes.
En el VITO hay alguien más: "Un sourís, un sourís...", me alerta Pierre-Ives, el suizo, cuando escucha en la oscuridad y el silencio de la noche, roer a mi ratoncito polizón...
Al día siguiente, navegamos por el Corte Culebra, en cuya margen hay un monumento que recuerda a los miles de muertos que demandó construir el Canal, descendemos por las exclusas de Pedro Miguel y Miraflores, y al transponer la última compuerta, por debajo del Puente de las Américas, se abre ante nuestros ojos el azul del Océano Pacífico. Nos abrazamos, brindamos, nos emocionamos, y en un eufórico ritual, mojamos nuestros pies en el agua, otra vez salada . ¿Qué nos deparará el destino con tanta inmensidad en nuestra proa? La pregunta nos llena de gozo, sazonado con una pizca de inquietud... Ya veremos, seguiremos persiguiendo a los sueños.
EPILOGO
En Balboa, amarramos a una boya del Yacht Club, y nos tomamos el ómnibus
de regreso a Colón, para hacer el cruce con el NARAGANSET, un Janneau
de 40 pies de mi amigo Ives, y tres días más tarde, repetimos
la operación con el MAKORE, de Fabrice y Katerine, también
franceses. En total , crucé tres veces el Canal de Panamá,
en cumplimiento del pacto solidario de los navegantes. Siempre al volver
en ómnibus, lo hicimos con mis cabos verdes de 50 metros al hombro,
porque los barcos europeos, eran muy lindos y muy equipados, pero cabos,
lo que se dice cabos, sólo había en el VITO. Vale.
AUTOR: ENRIQUE CELESIA